Una fuga de gas natural en un espacio cerrado no garantiza una explosión. Una chispa eléctrica en una atmósfera de metano no garantiza una ignición. Para que un gas combustible arda o explote, su concentración en el aire tiene que estar dentro de un rango muy específico — por encima de un límite inferior y por debajo de un límite superior — y fuera de ese rango la mezcla simplemente no se enciende.
Drysdale documenta en la Tabla 3.1 los límites de inflamabilidad de los gases y vapores más comunes. El metano arde entre el 5% y el 15% de concentración en aire. El propano, entre el 2.1% y el 9.5%. El hidrógeno, entre el 4% y el 75% — un rango extraordinariamente amplio que lo hace especialmente peligroso. Por debajo del límite inferior la mezcla es demasiado pobre en combustible para mantener la combustión. Por encima del límite superior hay demasiado combustible y demasiado poco oxígeno.
Lo que señala Drysdale con especial énfasis es que los dos límites no representan el mismo tipo de riesgo. Una atmósfera por debajo del límite inferior es segura en ese momento, pero cualquier acumulación adicional de gas puede llevarla al rango inflamable. Una atmósfera por encima del límite superior es potencialmente más peligrosa todavía, porque cualquier entrada de aire fresco — por ventilación, por apertura de una puerta, por rotura de un vidrio — puede llevar la mezcla al rango inflamable de forma progresiva e incontrolada, creando una zona inflamable que se desplaza a medida que el aire entra.
Por eso el límite inferior es el parámetro que se usa en los sistemas de detección de gas: la alarma no espera a que la concentración sea peligrosa — avisa cuando la concentración alcanza un porcentaje del límite inferior, normalmente entre el 10% y el 25%, para dar tiempo de actuar antes de entrar en el rango de riesgo.
Drysdale, D. (2011). An Introduction to Fire Dynamics, 3ª Ed. — Capítulo 3, Sección 3.1, Tabla 3.1
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