No todas las explosiones son iguales. Una deflagración es una explosión lenta en la que la llama se propaga a velocidades de metros por segundo, generando sobrepresiones moderadas. Una detonación es una onda de choque que viaja a más de 1800 m/s y genera presiones superiores a 10 bar. La diferencia entre una y otra no siempre está determinada por el tipo de combustible, sino por las condiciones en las que se propaga la llama. Y bajo ciertas condiciones una deflagración puede convertirse en detonación.
Drysdale explica en la Sección 3.6 que cuando una llama se propaga por una tubería larga, el gas no quemado delante de ella es empujado hacia adelante y se vuelve turbulento. Esa turbulencia acelera la llama, que genera más turbulencia, que la acelera más, en un ciclo que se retroalimenta continuamente. En algún punto la velocidad es tan alta que se genera una onda de choque, y la compresión de esa onda eleva la temperatura del gas no quemado hasta su punto de autoignición. La combustión ocurre entonces espontáneamente detrás del frente de choque sin necesidad de que la llama llegue, y se forma una detonación autosustentada que ya no necesita el ciclo de aceleración para mantenerse. A ese proceso se le llama Transición de Deflagración a Detonación, o DDT por sus siglas en inglés.
Para el metano y otros alcanos, la longitud mínima de tubería necesaria para que ocurra esa transición puede ser hasta 60 veces el diámetro de la tubería. Para gases más reactivos como el etileno o el hidrógeno esa distancia es mucho menor. Los codos y obstáculos en la tubería reducen aún más esa distancia porque inducen turbulencia adicional. Y una vez que la detonación se establece, los sistemas de venteo convencionales no ofrecen ninguna protección porque la onda viaja más rápido que el sonido.
Los accidentes de Flixborough en 1974, Piper Alpha en 1988 y Buncefield en 2005 son casos documentados en los que la aceleración de llama por turbulencia inducida por obstáculos fue un factor determinante en la violencia de la explosión. Drysdale los menciona explícitamente en el Capítulo 3 como ejemplos de un mecanismo que durante años se subestimó en instalaciones abiertas bajo la suposición de que sin confinamiento no era posible generar sobrepresiones significativas.
Drysdale, D. (2011). An Introduction to Fire Dynamics, 3ª Ed. — Capítulo 3, Sección 3.6, Tabla 3.3
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